Recuerdo el movimiento liviano
Del amanecer de un iris
Traspasando, bello, el haz irino del velo
Ardían invisibles mis rimas
Con su soplo ligero
Recuerdo el canto
Roto en llanto
De mil sirenas
Su solemne flor
Yacía en el árbol del ser ahorcado
Recuerdo un broche de espigas
Fundiéndose entre la espesura de la noche
En el doliente claro oscuro
Perfecto su hormigueo
Sobrevolando el alma con vida propia
Recuerdo que se apagó tu luz
Siendo ella mía
En mis campos de Marte
don dumas
Dedicado a Edgar Mitchell (sexto astronauta que pisó suelo lunar)
Mi admiración por él:
'De repente, por detrás de la Luna, en movimientos en cámara
lenta de inmenso esplendor, emergió una joya centelleante azul y blanca, una
luz, una delicada esfera azul con velos blancos en espiral, que se elevaba
gradualmente como una pequeña perla en un mar negro de misterio'"
Vislumbré hasta el final
tus silenciosas huidas sin verbo,
despojado ya tu
maquillaje,
del barro que hace sufrir
Somnolienta melodía, te escucho,
la carne me habla despacio,
girando a mi alrededor,
retorciéndose en mi suelo,
donde pisas y donde muero
Amaneciste de tu letargo
Siniestra música de violín
Relamiendo en mi boca todo mi miedo
Tan solo un santo me profetiza
en el día surgido de las nadas,
desaparecida mi ceguera en su
llanura
donde huyen las risas guiadas
castrado en su luto miserable
Enviudé todas tus imágenes
huérfanas de mi compasión
Mi mano caída temblando
Asustada por la calma
Enrocada entre sus dudas
Dolorosas como púas
Buscando entre transparencias sus
esposas
No me ignora el día curvo
con sus avisos pegajosos
Sé esperar, engullido por el fallido paisaje
Soy débil en la ausencia de batalla
Pero me avisan nuevos cánticos barrocos
Quizá eternos, elegidos por mis venas
Soy espíritu de almas construidas de trizas
Despojado ya de mis hilos
Noche cálida de verano. Es la noche
del 13 julio de 2019. Nuestro siglo XXI ya calentó motores. Aún tiene que
correr mucho para estar a la altura del siglo XX. Siglo de la conquista de
nuestra Luna. La hemos acariciado con nuestros cortos dedos. Nuestro verbo ya
no está solo. Camina junto al polvo de estrellas.
Miro el reloj. Mi
ansiedad aumenta por ver nuevamente a The Cure. Tengo ganas de escuchar
algo más que música. Quiero volar y transportarme a los mundos escuetos de los
hombres elegidos.
Madrid disfruta de
una verdadera noche de verano para dar cobijo al talento. Los pájaros negros
duermen acariciando las puntas de las ramas. No hay luna llena, tan solo
esplendor.
Estoy frente al
televisor. Veo salir al grupo apremiado por sus sombras. Asoman al escenario
que proyecta la oscuridad escondida en miles de años. Se acercan a sus
instrumentos como si fueran a pilotar el Apolo XI. Seguros ante miles de ojos.
Cada mirada es un eclipse en el tiempo.
Desde el primer
acorde de la primera canción con Playsong iba a ver como las cinco torres
acabarían cayendo una tras otra. Mis ojos perdían la tensión que tenían desde
el inicio. Miraba con fuerza para entender porque no encontraba el sonido que
necesitaba escuchar. La sangre que sacia al vampiro. Muy pronto mi decepción
tenía explicación: no encontraba los dedos ensortijados de Pearl Thompson.
Sus dedos llenos de magia que crean y rellenan el sonido de guitarra hasta
hacerlo pleno. Su sonido lo escuchas sabiendo que Thompson lo rescata del más
allá para mostrarnos la elegancia de otras vidas. Eso es seguro. Pero él no era
uno de los invitados al concierto de la cima.
En su lugar, Reeves
Gabrels permanecía impertérrito asiendo la guitarra como un mecánico coge la
llave inglesa, asumiendo su papel de burócrata del sonido. Si, cumplía su
papel, pero no me transmitía la sonoridad embrujada de Thompson. Lo echaba de
menos. Las canciones no sonaban con el espíritu con el que fueron creadas.
Vacías de alma. La voz de Robert Smith sonaba a esperpentos por momentos. Se
imitaba a si mismo. El bajo electrónico de Simon Gallup orbitaba sin parar
entre la contundencia y el caos. Su sonido iba y venía como mi propia
crispación. Sonaba a hueco. Sonaba a desesperación mezclado con el fino viento
nocturno.
Solo me dejaba
llevar por el ritmo cuadriculado y feroz de Jason Cooper. El bebía de la savia
pretérita de la oscuridad. Competía por arañar la preponderancia que tenían los
sonidos de teclado. Si, el talento de Robert Smith había dejado marchar a los
fantasmales sonidos de guitarra. Los castillos no imponen tanto si no los rodea
la bruma. El sonido del órgano poco fantasmal levitaba entre los cabellos
lacios de Roger O'Donell. Escuchaba sus acordes saliendo de su teclado
como quien se mira en un espejo, creyendo que es el más interesante. Su melena
era acariciada por el frenesí y la brisa de la noche madrileña, poco más. Pero
los aplausos, después de cada canción, eran meros sellos en una carta.
Apenas importaban, casi molestaban.
Después de dos horas
de concierto, continuaba despierto esperando la canción que me derrotara,
aquella que justificara toda la inspiración que he sentido con The Cure. Me
fui, deserté hasta mi cama buscando refugio, sin haber reconocido los
acordes de Desintegration, Fascination Street, y tantas otras. Sonaron tan
irreconocibles, tan lejos de mis fantasmas....
El día anterior si
que disfruté en el mismo lugar con The Smashing Pumpkins. Mi colega Billy Corgan nunca
me decepciona. El es poesía siempre. Vuelo en sus ojos de aeroplano
Tal vez, como anuncian las melodías de mi ciudad, tal vez,
sí, tardé, en llegar al paisaje de las lunas soterradas, escondidas, entre su plúmbea belleza, por finas tiras de mansa luz amamantadas
Plumas de nieve, en borlas de colores, hasta ti me acercan
¿quieres ser mi diosa esta noche? Mi fugaz acuarela amada
Solo a lo lejos regodean mis lágrimas al visitar tus campos vestidos de tristeza. Solo
de lejos me atrevía a amarte. Allí escuché a mis sombras recitar el sordo sonido de mi grito amado
Margaritas de suelo azul. Tupido con parábolas de sordas palabras sin sonido
Caminan en mis sentidos, explorándote, versando a tus infinitas
enredaderas. Voluptuosa eres tú, mi voluntad. Y alabo tu mirada hermosa
No, no arribé tarde a las batallas de besos danzantes entre vaporosos espejos
de bellos versos. Lejos resuenan como almas cristalinas, victoriosas sobre armas
derrotadas
Luego se agotó la sed del alma donde ahora come el cuerpo, hambriento de un océano en
calma
Y si así fuera, alambres y espinos se alejan de mis estambres. Transformados en
olivos. Envueltos en viento ceniza. Notas de mi tranquila partitura que me desliza
Y vuelvo a estirar las oscuras telas del mañana
Arrancada de pérgolas fantasmales
Una visión gótica mesándose en la blanca Atenea
Calma en la derrotada arena, la siento lunar, brillándome con los
inmensos ojos del vacío
Arden en los libros sus angostas hojas, aquellas que dibujan mi historia selena
Mi Alma apócrifa
Maldita
Mástiles del tiempo me resucitan
Crímenes solitarios con los que me adorno
Arde, quémame, como turbia gasolina infecta
En los suburbios escucho el ruido que me recta
Aridando entre madejas de oídos
Vacuo insulto que nos recita
Al decoroso Reino de Dios que nos habita
Si tuviera fuerzas, mi corazón levitando,
me sumergiría en mi hermoso paisaje de muerte
Si alcanzara la luz que deslumbra mi pesadez
llegaría a tus besos, solo con pensar que el viento,
nuestro viento, jamás es pasajero
Crea en mi vida un consuelo
Repatriada en la búsqueda del día sereno
Me consumo en el oscuro páramo de la poesía
alargando mis aterrorizadas palabras
Soy su serpiente
escondido entre el misterioso juego de la grama
Te escuché, en la ausencia de abrazos, en los furtivos movimientos
de una tarántula,
mientras me azotaba un viento de olvido. Su anónima crueldad rasgaba
mis frágiles ramas
Aturdidas entre el moribundo despertar y la curiosidad de mis (tenebrosos)
espinos
Revolotea en mí su metamorfosis, me susurra como una brutal
rueda de mi destino
Mutando el colibrí sus finas alas de ángel, sobre plumas de un descarnado
demonio
Se reflejan en ellas, frases goteando como esquirlas hirientes
Me abandonó el ruido, asustado (se arrastra) hacia el abrumado lugar de
mi ninguneado sitio
Y el fracaso ya me abriga con sus invertebrados tropiezos
Se merecen vivir todas mis almas
Aún agnósticas me observan, me tiemblan
Aún ellas
don dumas
Yo nunca escribí una sola palabra. Soy para ellas sólo un misterioso sueño
La realidad es un motor que se para cuando respiramos. Se oscurece su superficie, en sus tablas grabadas, con su mirada. Permeables en la misma dirección del desencuentro.....
Viajes de tierra, color de bronce seco
Limusina recorriendo viajes desolados
Una ruta lejana de voces que no se escuchan
Acaso en tu más allá, transportando herencias de oscuridad
Impregnadas en cantos, en tormentas de notas mortales
Entre ecos durmientes en las sienes del crepúsculo
Nadan serpientes acomplejando las malditas venas
Tierra estéril embozando el vergel
En la volátil crueldad que dichosa observa:
Niños balanceando su columpio, allí, en el jardín perdido
Cargando en su ternura el peso que les aterra
Mueven sus manos, con el ritmo de la parsimonia, entre su apretado pecho
En la hora elegida de enterrarlos
Se derrama en sus cuerpos arena del invisible desierto, tan fina como la nada
Se aproxima a las caras, la Virgen alada
Alargándose en el dolor; su comienzo es tórrido
El inicio inesperado
Marcan redondas llagas en las paredes el momento helado
Son ocho minutos sin deuda, creyendo ver bajo el cemento
Sumergida la esperanza entre esmeraldas
Tapiada en su velo dorado
Sobre lúgubres sábanas verdes, donde su cielo fue robado
Ya no cubro con su cielo ninguno de
mis aturdidos mundos
Las torrenciales cascadas de mi
espíritu
Me llevaste lejos de las torpes
miradas, pero son torpes mis manos que no
alcanzan el destierro. No lo tocan, aun siendo lugar maldito
Hoy me he despertado en poesía
extraña, adulando al paisaje, encorvado en mi refugio
Mi nave a la deriva, alejándose de
los escombros del Sol. Desde la luz hasta las tinieblas
Me entierro con mis súcubos en la
alistemia de la negra flor, despojándome de mi camisa negra, arrojada sin
pudor a los arbustos de mi ahora odiado Baudalaire
Y con él, ardo. Y sin él me embriagaré
con las dichosas copas del placer. Amaré la petulancia. Escucharé al señor del amor
en el reino de mis días
Voy abriendo las páginas del único
día en el que yo respiro. Me alivia no ver allí tu dorado reflejo
Sé que me buscarás amigo oscuro, nuevamente,
entre tus odas y mis bocetos
Quizás me encuentres, agarrado a
mis tormentas, en mi diáfano desierto, pero alejado
de tus malditas penumbras
Tejida en el Momento
Electrificada, marca el destino
Las escotillas cierran el paso
Al oxígeno
Nada lo escapa
Candados apagados a la hermética luz
Juega la molécula, graciosa, si, sobre un paso
de cebra
Espera el reloj pervertir sus locas manecillas
Hasta que duerma la abundancia
En la única estrella viva
Celestia difuminada a todos los ojos
Sentada en el bulbo
Presa en el icono
Bajo la lluvia arrojada que no moja
don dumas
La molécula
Inverosímil
Las moléculas
Miran graciosas y extravagantes
Se mienten en las sensaciones
Esparcidas de hologramas
Ralentizados
Sobreexpuestos a los ojos virtuales
La creación ensamblada
Tejida en el Momento
Electrificada, marca el destino
Las escotillas cierran el paso
Al oxígeno
Nada lo escapa
Candados apagados a la hermética luz
Juega la molécula, graciosa, si, sobre un paso de cebra
Espera el reloj pervertir sus locas manecillas
Hasta que duerma la abundancia
En la única estrella viva
Celestia difuminada a todos los ojos
Sentada en el bulbo
Presa en el icono
Bajo la lluvia arrojada que no moja